20 de mayo de 2018

MARCHEMOS TRAS EL ESPÍRITU


1. Profundicemos en lo que la Iglesia nos enseña sobre el Espíritu Santo
El Espíritu Santo es la tercera Persona del único Dios, que en la única Divinidad contiene tres Personas iguales por naturaleza. La Divinidad es una pero las Personas son distintas entre sí:
+ El Padre se llama así porque da vida (engendra) al Hijo.
+ El Hijo se llama así porque es engendrado virginalmente por el Padre, solo por el
Padre desde toda la eternidad. De Él recibe la vida.
+ El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, lo que quiere decir que el Padre y el Hijo se aman tanto, tan infinitamente, que de su amor procede otra Persona que es el Espíritu Santo.
El Padre nos envía al Hijo para rehacer la amistad que la desobediencia del hombre había roto y para ello el Hijo se hace hombre por obra del Espíritu Santo.
Cuando Jesús nos redime con su muerte y resurrección regresa al cielo y a ese misterio llamamos la Ascensión, porque Él asciende por su propia virtud, no lo lleva nadie.
Muchas veces Jesús habló a los oyentes, del Padre y del Espíritu Santo; y cuando se acercaba al final de su vida pidió varias veces a los apóstoles que no se fueran de Jerusalén hasta que llegara el Espíritu Santo, enviado por Él mismo y por el Padre, para completar su obra misionera.
El Espíritu Santo fue como el buen Jardinero que riega las semillas que sembró Jesucristo y con su poder infinito hizo que fructificaran y en un solo día nacieron tres mil hijos a la Iglesia que acababa de nacer del costado abierto de Cristo.
Ahora los hombres tenemos que aprovechar las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica. Si lo hacemos así nos santificaremos y haremos crecer a la Iglesia de Jesús, para lo cual contamos con la Luz del Santo Espíritu.
2. La liturgia del día
Hoy la liturgia nos habla de tantas cosas bellas que hace el Espíritu Santo en los suyos.

  • El prefacio
La venida del Espíritu Santo lleva a plenitud el misterio de la pascua de Jesucristo, su muerte y resurrección.
Nos enseña que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia naciente. Que Él infunde el conocimiento de Dios a todo el pueblo y que fue el mismo Espíritu quien unió en una sola fe a los pueblos que había dividido el pecado.

  • Hechos de los apóstoles
Nos presentan al Espíritu Santo como una fuerza interior que impulsa a anunciar el Reino.
Lo compara con el fuego que transforma y con el don de lenguas que tiene como finalidad unificar lo que dividió el pecado, simbolizado en la Torre de Babel.

  • San Pablo
Nos invita a vivir según el Espíritu y no según lo que nos pide la “carne”.
Qué triste es lo que realiza la carne, es decir, el pecado contra la ley de Dios.
Léelo en la Biblia.
Hoy te invito a gozar las maravillas que según San Pablo realiza el Espíritu Santo como los frutos más maravillosos que produce la mejor semilla.
El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí.
Después de esta lista San Pablo añade: “contra esto no va la ley”.
¡Qué bien se vive con gente así!
¡Qué bellas son las comunidades que hay en la Iglesia de Jesús donde se vive así!
Aunque por supuesto, también tienen las limitaciones humanas que todos cargamos en este valle de lágrimas.
El apóstol saca esta conclusión que Dios quiere que tengamos en cuenta:
“Si vivimos por el Espíritu marchemos tras el Espíritu” y que jamás nada ni nadie nos separe de Él.

  • Evangelio
Nunca sabremos por qué, pero Jesús nos ha amado tanto que nos lo dio todo.
Y al hablar de “todo” se refiere al poder infinito que tiene como Dios y que comparte con su Padre.
De la mejor familia que existe, nos dice San Juan, que Jesús se expresa así:
“Todo lo que tiene el Padre es mío” y el Padre Dios nos dará todo lo que comparte con su Hijo, y de manera especial, el Espíritu Santo que procede del amor de ambos.
Jesús espera que el fruto de este don que es el Espíritu Santo nos convierta a nosotros en testigos del propio Jesucristo, en medio de este mundo que tanto lo necesita.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

12 de mayo de 2018

SUBIÓ A LOS CIELOS


Hoy leemos el principio de los Hechos de los Apóstoles que es la historia de los primeros años de la Iglesia.
Lucas, que escribió el tercer evangelio, es también el autor de los Hechos y comienza resumiendo lo último que escribió en el evangelio. 
En ambos escritos se dirige a Teófilo, nombre que significa “amado de Dios” y puede referirse a un personaje concreto o a cada uno de los cristianos que lo habían de leer, por ejemplo tú o yo. 
En esta palabra nos viene un buen mensaje: ¡Amado de Dios! 
  • Hechos de los Apóstoles 
Aunque Jesús está de despedida definitivamente, todavía surgen algunas dudas entre los débiles apóstoles. 
Tengamos presente que aún no había venido el Espíritu Santo. Cuenta Lucas que en ese momento los apóstoles le preguntaron: “¿Vas a restaurar ahora el Reino de Israel?” Jesús por toda respuesta les promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos sin fronteras: “Evangelizarán en Jerusalén, Judea, Samaría y todo el mundo”. Sabemos que la palabra “testigo” en griego se dice “mártir” y eso fueron todos los apóstoles con el poder del Espíritu Santo: Dieron la vida por Cristo. 
  • San Pablo a los Efesios 
El apóstol hoy quiere pedirnos algo muy importante para que cada uno realicemos el plan de Dios sobre nosotros. Para esto acude a un título especial que no es el de apóstol (aunque sí lo es él) sino el de “prisionero por Cristo”. Este título le da una autoridad muy especial: ¡padecer por el Señor! ¿Y qué quiere San Pablo? Que todos los cristianos formemos un solo Cuerpo, el Cuerpo de Cristo, en la unidad de la fe y el amor, formando entre todos el hombre perfecto “a la medida de Cristo”. Donde está Cristo, Cabeza de este Cuerpo, debemos estar todos los miembros. Esa es la meta. Los consejos que da este prisionero de Cristo son maravillosos y no te los voy a repetir, pero sí te invito a releer este parrafito de Pablo a los Efesios que nos toca a todos, cualquiera que sea la misión que Dios nos ha dado a cada uno dentro de su Iglesia. No olvidemos que no hay más que un solo Señor, una sola fe, un bautismo y “un Dios, Padre de todos que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”. En Dios, por medio de Cristo, está nuestra meta, nuestra felicidad y la misión que debemos cumplir. 
  • Salmo 46 
La Iglesia primitiva veía en este salmo una profecía sobre la ascensión del Mesías. De todas formas lo podemos entender así y aplicar esta fiesta al triunfo de Jesús en su ascensión diciendo: “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. Dios asciende entre aclamaciones el Señor al son de trompetas. Tocad para Dios, tocad”. 
  • Verso aleluyático 
El aleluya une el gran mandato de Jesús a última hora: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos…”, con su presencia en la Iglesia hasta que llegue la Parusía, el fin del mundo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Medita ese pedido de Jesús que no es un consejito, sino un mandato con todas las exigencias del imperativo. El Papa Francisco dirá que Jesús mandó a los suyos (a nosotros también) a las periferias. ¡Cuánto hay que hacer! 
  • Evangelio 
San Marcos, en el ciclo B, nos recuerda la última aparición de Jesús y en este relato tres puntos importantes: 
+ El mandato “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”. No dice a todos los pueblos o a todos los hombres, sino que incluso la creación misma debe oír el mensaje evangélico del amor. 
+ La ascensión “Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Esto indica que, por ser Jesucristo Dios verdadero, tiene el mismo poder que el Padre. 
+ La salida de los apóstoles a “pregonar el Evangelio por todas partes”. Y era Dios quien colaboraba con ellos con multitud de milagros que acompañaban su predicación. 
La fe no nos permite estar pasivos: 
Nuestra fe es un envío. 
Dios nos envía a todos a evangelizar. 
  • Feliz día mamá 
Con mucho gusto aprovecho la oportunidad para saludar a todas las sacrificadas madres que se han sabido entregar a sus hijos, a veces con una respuesta de cariño y amor y a veces con ingratitudes… pero siempre con la generosidad con que ellas saben hacerlo. Como este año coincide con la fiesta e incluso con el fin del Centenario de la Virgen de Fátima, pido a la Virgen María para que ella interceda por cada una de las madres para que ellas sigan siendo la gran reserva espiritual para la Iglesia y el mundo. 
Dios bendiga a cada una de ellas. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo